El mar deja huellas en sus visitantes. Las olas desgastan un poco la coraza que envuelve a todo cuerpo y el viento desenreda las alternativas de cambio.
Ella y ella hablan de tiempos anteriores. También hablan de mar, de viento, pero por sobre todo, hablan de ellas.
Aún así, no han cruzado palabra. Margot revuelve su té hasta convertirlo en un brebaje frío. Gisèle posa sus codos en el marco de la ventana, nadie más que ella sabe hacia dónde van sus ojos.
Es domingo por la tarde. Margot y Gisèle deben regresar a la ciudad de la que toda la vida han sido parte.
Ella no se quita el silencio de la boca. Ella tampoco.