Capítulo 4: Tierra de nadie

El mar deja huellas en sus visitantes. Las olas desgastan un poco la coraza que envuelve a todo cuerpo y el viento desenreda las alternativas de cambio.

Ella y ella hablan de tiempos anteriores. También hablan de mar, de viento, pero por sobre todo, hablan de ellas.
Aún así, no han cruzado palabra. Margot revuelve su té hasta convertirlo en un brebaje frío. Gisèle posa sus codos en el marco de la ventana, nadie más que ella sabe hacia dónde van sus ojos.

Es domingo por la tarde. Margot y Gisèle deben regresar a la ciudad de la que toda la vida han sido parte.

Ella no se quita el silencio de la boca. Ella tampoco.

Capítulo 3: Toda una tarde

Tanto para Margot como para Gisèle, pasar el fin de semana lejos de sus respectivas casas, era bueno para recordar que estaban vivas. Ocurría cuando la hija de Gisèle no llegaba a la ciudad y cuando Margot quería huir. La mayoría de las veces escogían un balneario cercano a la ciudad y ahí se quedaban a contar las olas del mar por la tarde. Era común que Margot tuviera más necesidad de viajar que Gisèle. Margot es pájaro, Gisèle es nido.




Cuando todo parecía marchar con natural rutina entre la arena y el agua salada, Margot mueve su cuerpo, parece un animal de caza, un ser que necesita camuflarse entre mundos que desconoce completamente. Ella se aleja de Gisèle. Gisèle enciende un cigarro. Ella camina lentamente, sus pies parecen hundirse más de la cuenta en la arena y sus huellas simulan una serpiente a penas salida del cascarón. Gisèle acomoda su mirada hacia el horizonte. Sus pensamientos ascienden como cometas, sin dirección alguna. Ella no regresa, su cuerpo ya no es una sombra difusa en la playa. Gisèle se acurruca en su propio cuerpo, se mece con delicadeza, cierra los ojos, por poco el tiempo le parece insignificante. Casi olvida a Margot.
Hasta que ella vuelve, como vuelven los pájaros, parece que volando y tarareando alguna canción que nadie olvida fácilmente. Ella y Gisèle caminan en dirección contraria al horizonte. No hablan. Deben regresar a su refugio de sábados y domingos.



Esa misma noche, Margot acomoda su cabeza en la almohada, parece querer soltar la risa pero se reprime. Muerde sus labios, abre sus ojos y masajea las sábanas como si quisiera quitarles algo de sobra. Ella parece inquieta, sin miedos.
Gisèle no deja de mirar a Margot. Tiene ambas manos atrapadas bajo la almohada, como un niño preparando un rezo. A penas y se le siente respirar. Ella cierra los ojos, fuertemente. Quiere despertar.
Margot se detiene, juega a ser estatua. Luego de un par de segundos respira hondo y acurruca su cuerpo junto a Gisèle.
Margot dice:
- Si te lo cuento a ti, es porque te creo.
- ¿Qué me quieres contar?
- ¿No te das cuenta?
- No, no sé qué pasa, ya… cuéntame

Margot respira y continúa:
- ¿Te acuerdas cuando hoy día estábamos en la playa y yo me fui a caminar por ahí, lejos?
- Ay mujer, obvio que me acuerdo, me dejaste sola mucho tiempo.
- Sí, bueno… pero a mí el tiempo se me hizo nada.
- ¿Por qué lo dices?
- Ah, es que yo iba caminando, mirando el mar, estaba tranquila, hasta un poco contenta ¿sabes? Y en eso algo pasó, que lo vi…
- ¿Qué viste?
- No, no qué. ¡A quién!
- ¿A quién viste?
- A un hombre.
- ¿Y qué pasó ahí? ¿Te dijo algo? ¿Qué hacía ahí?
- ¡Tantas preguntas Gisèle!
- Bueno, pero me tienes llena de curiosidad, cuéntame todo.
- Yo le hablé, ni siquiera me acuerdo qué fue lo que le dije, pero le hablé y después estábamos sentados uno al lado del otro, hablando como si los dos hubiésemos estado escapando de algo terrible. Tú me entiendes… momentos raros, difíciles…
- No me habías dicho que te sentías mal, te hubiera acompañado yo en ese caso.
- Pero Gisèle, no te pongas grave, él fue muy amable, seguro te caería bien si lo conocieras. De hecho pensaba invitarlo para que mañana saliéramos los tres, pero como fue todo tan de repente, se me olvidó decirle.
- Menos mal, no tengo ganas de conocer gente aquí. Además la idea de venir y salir de la rutina por un par de días era eso, salir de lo que hacemos siempre y eso incluye hablar con gente que en tu vida has visto.
- No es para que te enojes conmigo, yo solamente te digo que me puso contenta hablar con él… mira, mañana voy a salir temprano en la mañana, quizás está de nuevo ahí, donde lo encontré hoy día.
- No me enojo Margot, no pienses eso.
- No es eso lo que me dice tu cara, si te vieras…
- Ya, está bien, si prefieras anda mañana y pasa el día con ese misterio de hombre, después me cuentas cómo te fue con eso, ¿te parece mejor así?
- Sí
- Hasta mañana…
- Hasta mañana Gisèle.

Capítulo 2: Nuevos nombres

La mujer del cigarrillo, la de los ojos brillantes y delineados, comienza a fumar. La mujer a su izquierda, parece suspirar y agachar la cabeza, junto a un leve movimiento circular con uno de sus pies, luego dice como quien cambia el tema de conversación:
- ¿No traes equipaje?
- ¿Equipaje? No, es que yo no viajo.
- Ah, esperas a alguien…
- Sí, algunos viernes al mes vengo a esperar a mi hija que estudia afuera y viene a pasar el fin de semana conmigo.
- Ah, eso suena tierno.
- Sí, un poco, lo demás es alegría y lo otro pena.
- Yo no tengo hijos, pero no me imagino que haya algo triste en estar con ellos.
- No digo eso, lo que pasa es que no la veo mucho, entonces me pone triste cuando toca despedirse, ella es una niña todavía…
- ¿Qué edad tiene?
- 10 años y unos meses
- Sí que es niña… ¿y viaja sola?
- Sí, su padre la sube al bus y acá la recibo yo, es la rutina de nuestras vidas.
- Ah, eres divorciada…
- No, nunca me casé. Siempre he sido soltera.
- ¿Y por qué no vives tú con tu hija?
- Eh… bueno…
- Disculpa… no quiero meterme en tu vida… pero he tenido unos días terribles y no estoy pensando con la cabeza
- No, no te preocupes, lo que pasa es que yo nunca quise hacerme cargo de mi hija, no porque no la quisiera, sino porque nunca pensé en ser madre, no sé si me entiendes… es un tema complicado, no sé por qué te cuento estas cosas…
- No, si yo entiendo, son cosas que pasan. Mírame aquí, sola con dos maletas y nada bueno que contar.
- Seguro que tienes algo que contar. Mira, te voy a decir algo, espero no te suene extraño…
- Dime
- Ya te dije que vengo seguido a este lugar y yo te había visto antes, muchas veces
- ¿En serio?
- Sí
- Bueno, es común venir a estos lugares cuando se viaja
- Sí, eso no es lo que me causa extrañeza, sino que sueles estar así como hoy día, triste, pensativa, como si algo te preocupara mucho. Bueno, puede ser que me equivoque, pero ahora tenía tiempo y pensé en ofrecerte un cigarro y conversar un rato, espero no haberte molestado
- Te entiendo y no me molestas. Es verdad que vengo aquí y me siento a esperar con mis maletas, pero no siempre viajo. Ha habido muchas tardes en que me he quedado aquí por horas, pensando. Me gusta no conocer a nadie aquí, no tener que dar explicaciones.
- Claro, es un buen lugar para eso. Aquí nadie se queda mucho rato, ni siquiera yo.
-…
-¿Y hoy día viajas?
-Sí, hoy día sí, pero me queda todavía por esperar
-Si quieres te acompaño, el bus de mi hija todavía no llega
-Sí, sería bueno… quizás sea bueno hablar, no todo puede ser tan malo

Ella y ella hablaron incansablemente. Algo comenzaba a gestarse en sus palabras, cada vez más íntimo. Algo que ni ella ni ella habrían imaginado nunca, pues a simple vista ambas parecían ser dos mujeres que arrastran destinos diferentes, paralelos, opuestos muchas veces. Aún así algo había en ellas. Una chispa, un espejismo, una necesidad de completar la tarde soleada y hacerla tal vez más luminosa. Porque para ella y ella estar en compañía significa brillar un poco más que de costumbre. Ella y ella se encontraron en el momento preciso en que dos vidas que saben buscar, encuentran la complicidad adecuada.
Así avanzó el tiempo en aquel banquillo de terminal, hasta que llegada cierta hora, la espera se detuvo. Ella debió tomar sus maletas y partir, alejarse de esa tarde. Con un abrazo y un hasta pronto ella y la mujer del cigarrillo prometieron volver a verse y contarse la vida. Aquella tarde en la terminal, ella y ella intercambiaron teléfonos, como una buena oportunidad para confiar en el futuro. Sabían que les esperaban más tardes por completar y más historias que argumentar o poner en duda. Vivir, en definitiva. Aún así nunca se telefonearon. Sólo coincidieron en la terminal, cada ciertos viernes. Ella triste y con deseos de huir. Ella esperando a su hija.




Así pasó el tiempo, en una banca de terminal, ella, ella y sus conversaciones. Luego de varios meses, ella abandonó las sandalias delgadas, casi invisibles, por unos mocasines color arena y el vestido floreado en tonos rosa, por pantalones ajustados a la cintura. Abandonó el reloj de muñeca y obtuvo una sonrisa que nace en las mañanas sin pretender irse. Sus maletas perdieron peso, ya casi no hay viajes en solitario. Ella ahora avanza sin aferrarse a una ventana en movimiento.
Una tarde de domingo, como tantas otras y así mismo, como ninguna, ella sujeta con una mano su cabello ondulado y con la otra se asegura de abrir de par en par una ventana que da a la calle. Suspira y agrega:

- Y si pudieras cambiarte el nombre ¿cómo te llamarías?
- ¿Por qué me preguntas eso?
- No sé, por preguntar algo. Abrí la ventana y vi pasar a toda esa gente que no conozco y que por más que quisiera no podría adivinar sus nombres, pero sí podría…
- ¡Darles tú un nombre!
- Exacto. ¿Y, qué nombre tendrías tú?
- No sé, déjame pensar, no es llegar y decir un nombre.
- Ay… está bien… no me hagas caso.
- No, si no es nada malo, no es de vida o muerte. ¿De qué crees que tengo cara?
- De Gisèle, tienes cara de Gisèle.
- ¿Gisèle? ¿por qué?
- Porque es un nombre fuerte, corto y preciso. Como tú.
- ¿Soy corta y precisa?
- Algo así, creo que más bien eres fuerte, fuerte y valiente. ¿Y yo de qué nombre tengo cara?
- Margot.
- ¿Margot? Me gusta, me gusta mucho.
- Y te queda bien.
- Desde hoy seré Margot y tú serás Gisèle.
- No sé a qué va esta idea tuya, pero pareces tan decidida, que no me queda otra opción que aceptarlo.
- Vamos, Gisèle es un buen nombre, se parece a ti.
- Bueno mujer, bueno.

Ella y ella sonríen. Margot busca algo de hielo en la nevera, le gusta el agua fría, como si se tratase de un concurso de resistencia. Gisèle se aferra a la ventana, lleva varios minutos en silencio, absorta incluso de los transeúntes y los vehículos que cruzan la calle. Margot bebe agua, se siente bien, por fin se siente bien. Gisèle recuerda que ha pasado horas sin fumar un cigarro y siente que le falta, que para hablar algo importante es necesario fumar un poco. Gisèle hoy no delineó sus ojos ni amarró su cabello con una cola de caballo, transita descalza, con pudor, como quien marca el paso, lentamente para no equivocarse. Afuera todo parece ir veloz, a pesar de no haber mucha bulla, afuera de la casa pareciera que todo es más veloz. Margot se acerca a Gisèle y la abraza.

Capítulo 1: En la terminal

Ella y ella. A veces tienen más cosas que decir cuando están juntas. Es como una condición primera ante cualquier desgracia, alegría o tiempo libre. Hablar por hablar. Sentir, porque así les enseñaron que sería. Ustedes nacerán y luego del primer llanto recordarán que existen para sentir, para emocionarse por esos detalles que a nadie más importan y si alguien lo duda, no deben contradecirlo, pues probablemente no sea una de ustedes.
Ella y ella, una fórmula dudosa. Desde niñas se les habla con mesura, se les advierte que cada paso que den, debe ser el adecuado, el sincero, el que calce con el brillo de un par de ojos inocentes. No se les debe gritar ni rasguñar. Deben permanecer como figuras de porcelana tras un cristal siempre pulcro.
Ella y ella se unirán, se convertirán en las mejores amigas cuando una salve a la otra de caerse en el patio mientras corren y limpiarán sus lágrimas mutuamente cuando pasen los años y algo parezca dañarles el alma. Porque si hay algo que ella y ella tienen, es alma.
Ella y ella formarán una familia. Ella será feliz. Ella quizás no. Cada cierto tiempo volverán a verse las caras, sonreirán mientras se abracen. Luego hablarán, porque cuando están juntas tienen más cosas que decir.
En ocasiones, ella y ella se verán con otras ella y ella, porque es como una condición primera ante cualquier desgracia, alegría o tiempo libre. Hablar por hablar. Sentir, porque así les enseñaron que sería.


Hay temporadas en que ella se sienta en un banquillo de terminal, tiene de barricada un par de maletas y unas gafas para el sol. No le importa esconderse bajo tanta luz y tanto calor. Lleva un vestido floreado en tonos rosa, unas sandalias delgadas, casi invisibles, una cartera blanca, enorme, que por nada del mundo aleja de su cuerpo, un reloj de muñeca, el pelo suelto y rizado cae por sus pechos a penas visibles, su boca permanece entreabierta hace unos minutos. ¿Acaso respira? No es ésta una pregunta que ella aceptaría responder. No al menos sonriendo. Ella hoy no apuntó en su lista de “cosas por hacer” esbozar una sonrisa. Probablemente cerraría la boca o se cruzaría de piernas y con eso esperaría que su vida se reconociera sin más necesidad de pretextos.
Ella espera, lleva casi una hora esperando y según el boleto que permanece casi intacto en su cartera, quedan horas por esperar. Ella decidió viajar, refugiarse a una ventana mientras la carretera permanece en movimiento, porque si al mirar hacia afuera los kilómetros avanzan, ella siente que en su interior, algo también se mueve y avanza. Ella no piensa en una ciudad en particular, no hay un lugar ni alguien en la próxima parada.
Ella no cambia su vista de dirección, hasta que una mujer se le acerca, se detiene frente a sus ojos y le ofrece un cigarro, como si se tratase de un ritual común entre ambas.
Ella, la mujer, es alta y delgada, su pelo recogido en una cola de caballo, parece una cascada de ébano, usa jeans hasta la cintura y unos zapatos negros llenos de detalles, lleva una blusa verde, manga corta, ajustada al cuerpo, numerosos collares cuelgan de su cuello, mientras en una cartera del mismo color de sus zapatos parece guardar aparte de sus cigarros, más de algún secreto. Sus ojos delineados como si se tratase de una prueba de valentía, no dejan de brillar, su piel clara no parece coincidir con el verano. Ella sonríe mientras ofrece el cigarrillo.

- No, gracias, no fumo.
- Ah, está bien. ¿Te molesta si me siento aquí?
- No, no hay problema. Déjame mover estas maletas, son un verdadero estorbo.
- ¿Te ayudo?
- No, no te preocupes, todavía tengo algo de fuerza.
- Está bien. ¿De verdad no quieres fumar?
- No, gracias. ¿Ves? ahora puedes sentarte
- Gracias, eres muy amable. ¿Te molesta el humo?
- No.
- Bueno. ¿Y qué haces aquí?
- Lo que hace todo el mundo aquí, no creo que se pueda hacer otra cosa que no sea esperar.
- Sí, es verdad, yo también estoy acá para esperar.
 

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