Ella y ella. A veces tienen más cosas que decir cuando están juntas. Es como una condición primera ante cualquier desgracia, alegría o tiempo libre. Hablar por hablar. Sentir, porque así les enseñaron que sería. Ustedes nacerán y luego del primer llanto recordarán que existen para sentir, para emocionarse por esos detalles que a nadie más importan y si alguien lo duda, no deben contradecirlo, pues probablemente no sea una de ustedes.
Ella y ella, una fórmula dudosa. Desde niñas se les habla con mesura, se les advierte que cada paso que den, debe ser el adecuado, el sincero, el que calce con el brillo de un par de ojos inocentes. No se les debe gritar ni rasguñar. Deben permanecer como figuras de porcelana tras un cristal siempre pulcro.
Ella y ella se unirán, se convertirán en las mejores amigas cuando una salve a la otra de caerse en el patio mientras corren y limpiarán sus lágrimas mutuamente cuando pasen los años y algo parezca dañarles el alma. Porque si hay algo que ella y ella tienen, es alma.
Ella y ella formarán una familia. Ella será feliz. Ella quizás no. Cada cierto tiempo volverán a verse las caras, sonreirán mientras se abracen. Luego hablarán, porque cuando están juntas tienen más cosas que decir.
En ocasiones, ella y ella se verán con otras ella y ella, porque es como una condición primera ante cualquier desgracia, alegría o tiempo libre. Hablar por hablar. Sentir, porque así les enseñaron que sería.
Ella y ella, una fórmula dudosa. Desde niñas se les habla con mesura, se les advierte que cada paso que den, debe ser el adecuado, el sincero, el que calce con el brillo de un par de ojos inocentes. No se les debe gritar ni rasguñar. Deben permanecer como figuras de porcelana tras un cristal siempre pulcro.
Ella y ella se unirán, se convertirán en las mejores amigas cuando una salve a la otra de caerse en el patio mientras corren y limpiarán sus lágrimas mutuamente cuando pasen los años y algo parezca dañarles el alma. Porque si hay algo que ella y ella tienen, es alma.
Ella y ella formarán una familia. Ella será feliz. Ella quizás no. Cada cierto tiempo volverán a verse las caras, sonreirán mientras se abracen. Luego hablarán, porque cuando están juntas tienen más cosas que decir.
En ocasiones, ella y ella se verán con otras ella y ella, porque es como una condición primera ante cualquier desgracia, alegría o tiempo libre. Hablar por hablar. Sentir, porque así les enseñaron que sería.
Hay temporadas en que ella se sienta en un banquillo de terminal, tiene de barricada un par de maletas y unas gafas para el sol. No le importa esconderse bajo tanta luz y tanto calor. Lleva un vestido floreado en tonos rosa, unas sandalias delgadas, casi invisibles, una cartera blanca, enorme, que por nada del mundo aleja de su cuerpo, un reloj de muñeca, el pelo suelto y rizado cae por sus pechos a penas visibles, su boca permanece entreabierta hace unos minutos. ¿Acaso respira? No es ésta una pregunta que ella aceptaría responder. No al menos sonriendo. Ella hoy no apuntó en su lista de “cosas por hacer” esbozar una sonrisa. Probablemente cerraría la boca o se cruzaría de piernas y con eso esperaría que su vida se reconociera sin más necesidad de pretextos.
Ella espera, lleva casi una hora esperando y según el boleto que permanece casi intacto en su cartera, quedan horas por esperar. Ella decidió viajar, refugiarse a una ventana mientras la carretera permanece en movimiento, porque si al mirar hacia afuera los kilómetros avanzan, ella siente que en su interior, algo también se mueve y avanza. Ella no piensa en una ciudad en particular, no hay un lugar ni alguien en la próxima parada.
Ella no cambia su vista de dirección, hasta que una mujer se le acerca, se detiene frente a sus ojos y le ofrece un cigarro, como si se tratase de un ritual común entre ambas.
Ella, la mujer, es alta y delgada, su pelo recogido en una cola de caballo, parece una cascada de ébano, usa jeans hasta la cintura y unos zapatos negros llenos de detalles, lleva una blusa verde, manga corta, ajustada al cuerpo, numerosos collares cuelgan de su cuello, mientras en una cartera del mismo color de sus zapatos parece guardar aparte de sus cigarros, más de algún secreto. Sus ojos delineados como si se tratase de una prueba de valentía, no dejan de brillar, su piel clara no parece coincidir con el verano. Ella sonríe mientras ofrece el cigarrillo.
- No, gracias, no fumo.
- Ah, está bien. ¿Te molesta si me siento aquí?
- No, no hay problema. Déjame mover estas maletas, son un verdadero estorbo.
- ¿Te ayudo?
- No, no te preocupes, todavía tengo algo de fuerza.
- Está bien. ¿De verdad no quieres fumar?
- No, gracias. ¿Ves? ahora puedes sentarte
- Gracias, eres muy amable. ¿Te molesta el humo?
- No.
- Bueno. ¿Y qué haces aquí?
- Lo que hace todo el mundo aquí, no creo que se pueda hacer otra cosa que no sea esperar.
- Sí, es verdad, yo también estoy acá para esperar.
Ella espera, lleva casi una hora esperando y según el boleto que permanece casi intacto en su cartera, quedan horas por esperar. Ella decidió viajar, refugiarse a una ventana mientras la carretera permanece en movimiento, porque si al mirar hacia afuera los kilómetros avanzan, ella siente que en su interior, algo también se mueve y avanza. Ella no piensa en una ciudad en particular, no hay un lugar ni alguien en la próxima parada.
Ella no cambia su vista de dirección, hasta que una mujer se le acerca, se detiene frente a sus ojos y le ofrece un cigarro, como si se tratase de un ritual común entre ambas.
Ella, la mujer, es alta y delgada, su pelo recogido en una cola de caballo, parece una cascada de ébano, usa jeans hasta la cintura y unos zapatos negros llenos de detalles, lleva una blusa verde, manga corta, ajustada al cuerpo, numerosos collares cuelgan de su cuello, mientras en una cartera del mismo color de sus zapatos parece guardar aparte de sus cigarros, más de algún secreto. Sus ojos delineados como si se tratase de una prueba de valentía, no dejan de brillar, su piel clara no parece coincidir con el verano. Ella sonríe mientras ofrece el cigarrillo.
- No, gracias, no fumo.
- Ah, está bien. ¿Te molesta si me siento aquí?
- No, no hay problema. Déjame mover estas maletas, son un verdadero estorbo.
- ¿Te ayudo?
- No, no te preocupes, todavía tengo algo de fuerza.
- Está bien. ¿De verdad no quieres fumar?
- No, gracias. ¿Ves? ahora puedes sentarte
- Gracias, eres muy amable. ¿Te molesta el humo?
- No.
- Bueno. ¿Y qué haces aquí?
- Lo que hace todo el mundo aquí, no creo que se pueda hacer otra cosa que no sea esperar.
- Sí, es verdad, yo también estoy acá para esperar.