Ella, Margot, deja caer su cuerpo en el sofá que está junto a la puerta que da a la calle. Dice que tiene frío. Lo dice sin abrir la boca. Su cuerpo, que parece un capullo recién abandonado lo dice todo. Usa un suéter negro como bufanda.
Gisèle entra a la sala, casi no se le escucha venir. Camina de brazos cruzados, bosteza un poco, sus ojos comienzan a volverse brillantes, húmedos, tal vez cansados.
Ella la mira, de reojo. Su cuerpo permanece detenido. Entonces Gisèle se sienta a su lado vuelve a bostezar, parece temblar.
Margot también se sienta y agrega:
- Quizás sea bueno que me vaya.
- ¿Quieres irte?- responde de inmediato Gisèle, luego fuma
- No.
- ¿Entonces?
- ¿Entonces qué?
- Entonces, por qué dices que te vas, si no quieres irte...
- No se trata de eso Gisèle...
- ¿De qué se trata entonces?
- No sé... no sé...
- Bueno, yo tampoco, pero mira, hemos estado todo el día en esta casa y a penas te he visto ¿está todo bien?
- Sí, quizás me siento un poco enferma, solamente eso.
- ¿Puedo hacer algo por ti?
- No, no te preocupes, no quiero molestarte...
- No me molestas... ¿quieres hablar?
- ¿De qué?
- De ti...
Silencio. Silencio y humo de cigarro. Atardece en casa de Gisèle.
- ¿Qué quieres saber?
- Lo que quieras decirme, la verdad no sé mucho de ti.
- Pregúntame lo que quieras... así matamos el tiempo.
Gisèle enciende otro cigarro y al hacerlo cierra un poco los ojos, luego inhala y sonríe, como impregnándose de vida. Entonces se hace necesario reubicarse y entrelaza sus piernas como una princesa india norteamericana, en torno al fuego. No abandona el cigarro ni la sonrisa.
Margot en tanto, la acompaña de perfil, ese perfil que no aumenta ni disminuye la luz del sol muriendo sobre su rostro. Ella sólo permanece así, con las manos abrazándose, casi desesperadas, hundidas entre ambas piernas, los pies sobre el suelo, no anuncian anclaje y su espalda, es una media luna entre el final de su columna y el inicio de su cuello.
- No voy a mirarte, me imagino que va a ser una de esas preguntas tenebrosas- dice Margot, en tono de broma
- ¿Tenebrosa? No, no voy a asustarte, además, no hay preguntas así... a menos que tengas demasiados secretos- responde Gisèle, luego fuma
- Quizás se trate de eso Gisèle, de tener secretos y no entrar ahí...
- ¿Dónde?
- Ahí o aquí, no sé... – Margot cambia de posición, imitando a Gisèle en su postura
- ¿Y?
- Que no sé, que hay veces en que hacemos preguntas que no nos llevan a ninguna parte, porque son preguntas que no se responden, porque si las llegas a responder, tienes que recordar ciertas cosas, decir ciertas cosas...
- Cosas que no me quieres contar...- la interrumpe Gisèle
- No, no se trata de no contarte, pero a veces la vida es muy complicada como para resumirla en una respuesta tonta y simple
- Pero me dijiste que podía preguntarte lo que quisiera... mira, si prefieres, pregúntame tú, a mi no me complica responder, no tengo secretos
- ¿Estás segura que no tienes?
- Sí Margot, estoy llena de no-secretos- entonces Gisèle ríe un poco y apaga el cigarro
- A ver, me gustaría saber... háblame de tu vida, de dónde naciste, si tienes hermanos, algo así...
- Sí, tengo hermanos. Dos hombres y yo, pero no te pierdes de mucho, la verdad no tengo mucha cercanía con ellos, aunque... si te conocieran, seguro me pedirían tu teléfono- Gisèle sonríe mucho
- ¿Mi teléfono?
- Sí, tu teléfono
- Ya, no juegues conmigo, hoy estás toda una bromista... mejor cuéntame de ti, dejemos los hombres para otra ocasión
- Bueno... ¿quieres que encienda la luz? Mira que nos llegó la noche
- Mmm no, no hace falta, al menos yo estoy bien así ¿tú?
- Yo también. Bueno, te cuento: como te decía, tengo dos hermanos, soy la menor. Y nací en esta misma ciudad, aquí he pasado toda mi vida, anclada, muy anclada ¿no crees?
- ¿Anclada? Quizás… pero puede que nunca sea demasiado, además, si no es aquí ¿Dónde?
- No sé Margot, aquí tú eres la viajera, yo trato de seguirte, dentro de todo lo que puedo.
Margot ríe un poco y dice:
- A veces he llegado a pensar, bueno, desde que nos hemos conocido, que eres la única persona capaz de seguirme.
- Me lo dices como si hubiera otra alterativa- dice Gisèle, muy segura
- No sé…
- Porque dejar de seguirte, es dejar de avanzar, no hablarte, es callarse, es quedarse en silencio, no acercarse a ti, Margot, es decidir que se ha optado por estar lejos y yo hasta ahora he hecho todo lo contrario.
- Gracias, yo quizás no lo merezca y tú...
- Yo? Yo nada mujer… en esta casa ahora, no hay ni una sola luz encendida como para que te sientas culpable, ni en lo más mínimo
- No se trata de culpa, es que me siento a veces mala compañía y no quiero que la gente me siga, no es eso lo que quiero.
- Pero si te siguen, es porque quieren hacerlo, yo lo hago por eso y no te pido nada... ah… ven, ven aquí.
Gisèle acerca a Margot a su cuerpo, como una invitación a un territorio que no es víctima de desastres, un territorio tranquilo, capaz de acoger hasta el ser más inocente, más frágil. Es que Gisèle, se sentía nido y sabía que Margot, en su condición de pájaro necesitaba sentirla nido, aunque el silencio le dañara la garganta, ella prefería eso a la casa sola, sin pájaro.
Ella y ella durmieron esa noche, en un abrazo que no contuvo interrupciones. Ella decidió quedarse y ella aceptó que se quedara. Fue una noche clara, más clara que de costumbre, a pesar de las luces apagadas, algo en la ciudad brillaba, sin cansancio.
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