Capítulo 2: Nuevos nombres

La mujer del cigarrillo, la de los ojos brillantes y delineados, comienza a fumar. La mujer a su izquierda, parece suspirar y agachar la cabeza, junto a un leve movimiento circular con uno de sus pies, luego dice como quien cambia el tema de conversación:
- ¿No traes equipaje?
- ¿Equipaje? No, es que yo no viajo.
- Ah, esperas a alguien…
- Sí, algunos viernes al mes vengo a esperar a mi hija que estudia afuera y viene a pasar el fin de semana conmigo.
- Ah, eso suena tierno.
- Sí, un poco, lo demás es alegría y lo otro pena.
- Yo no tengo hijos, pero no me imagino que haya algo triste en estar con ellos.
- No digo eso, lo que pasa es que no la veo mucho, entonces me pone triste cuando toca despedirse, ella es una niña todavía…
- ¿Qué edad tiene?
- 10 años y unos meses
- Sí que es niña… ¿y viaja sola?
- Sí, su padre la sube al bus y acá la recibo yo, es la rutina de nuestras vidas.
- Ah, eres divorciada…
- No, nunca me casé. Siempre he sido soltera.
- ¿Y por qué no vives tú con tu hija?
- Eh… bueno…
- Disculpa… no quiero meterme en tu vida… pero he tenido unos días terribles y no estoy pensando con la cabeza
- No, no te preocupes, lo que pasa es que yo nunca quise hacerme cargo de mi hija, no porque no la quisiera, sino porque nunca pensé en ser madre, no sé si me entiendes… es un tema complicado, no sé por qué te cuento estas cosas…
- No, si yo entiendo, son cosas que pasan. Mírame aquí, sola con dos maletas y nada bueno que contar.
- Seguro que tienes algo que contar. Mira, te voy a decir algo, espero no te suene extraño…
- Dime
- Ya te dije que vengo seguido a este lugar y yo te había visto antes, muchas veces
- ¿En serio?
- Sí
- Bueno, es común venir a estos lugares cuando se viaja
- Sí, eso no es lo que me causa extrañeza, sino que sueles estar así como hoy día, triste, pensativa, como si algo te preocupara mucho. Bueno, puede ser que me equivoque, pero ahora tenía tiempo y pensé en ofrecerte un cigarro y conversar un rato, espero no haberte molestado
- Te entiendo y no me molestas. Es verdad que vengo aquí y me siento a esperar con mis maletas, pero no siempre viajo. Ha habido muchas tardes en que me he quedado aquí por horas, pensando. Me gusta no conocer a nadie aquí, no tener que dar explicaciones.
- Claro, es un buen lugar para eso. Aquí nadie se queda mucho rato, ni siquiera yo.
-…
-¿Y hoy día viajas?
-Sí, hoy día sí, pero me queda todavía por esperar
-Si quieres te acompaño, el bus de mi hija todavía no llega
-Sí, sería bueno… quizás sea bueno hablar, no todo puede ser tan malo

Ella y ella hablaron incansablemente. Algo comenzaba a gestarse en sus palabras, cada vez más íntimo. Algo que ni ella ni ella habrían imaginado nunca, pues a simple vista ambas parecían ser dos mujeres que arrastran destinos diferentes, paralelos, opuestos muchas veces. Aún así algo había en ellas. Una chispa, un espejismo, una necesidad de completar la tarde soleada y hacerla tal vez más luminosa. Porque para ella y ella estar en compañía significa brillar un poco más que de costumbre. Ella y ella se encontraron en el momento preciso en que dos vidas que saben buscar, encuentran la complicidad adecuada.
Así avanzó el tiempo en aquel banquillo de terminal, hasta que llegada cierta hora, la espera se detuvo. Ella debió tomar sus maletas y partir, alejarse de esa tarde. Con un abrazo y un hasta pronto ella y la mujer del cigarrillo prometieron volver a verse y contarse la vida. Aquella tarde en la terminal, ella y ella intercambiaron teléfonos, como una buena oportunidad para confiar en el futuro. Sabían que les esperaban más tardes por completar y más historias que argumentar o poner en duda. Vivir, en definitiva. Aún así nunca se telefonearon. Sólo coincidieron en la terminal, cada ciertos viernes. Ella triste y con deseos de huir. Ella esperando a su hija.




Así pasó el tiempo, en una banca de terminal, ella, ella y sus conversaciones. Luego de varios meses, ella abandonó las sandalias delgadas, casi invisibles, por unos mocasines color arena y el vestido floreado en tonos rosa, por pantalones ajustados a la cintura. Abandonó el reloj de muñeca y obtuvo una sonrisa que nace en las mañanas sin pretender irse. Sus maletas perdieron peso, ya casi no hay viajes en solitario. Ella ahora avanza sin aferrarse a una ventana en movimiento.
Una tarde de domingo, como tantas otras y así mismo, como ninguna, ella sujeta con una mano su cabello ondulado y con la otra se asegura de abrir de par en par una ventana que da a la calle. Suspira y agrega:

- Y si pudieras cambiarte el nombre ¿cómo te llamarías?
- ¿Por qué me preguntas eso?
- No sé, por preguntar algo. Abrí la ventana y vi pasar a toda esa gente que no conozco y que por más que quisiera no podría adivinar sus nombres, pero sí podría…
- ¡Darles tú un nombre!
- Exacto. ¿Y, qué nombre tendrías tú?
- No sé, déjame pensar, no es llegar y decir un nombre.
- Ay… está bien… no me hagas caso.
- No, si no es nada malo, no es de vida o muerte. ¿De qué crees que tengo cara?
- De Gisèle, tienes cara de Gisèle.
- ¿Gisèle? ¿por qué?
- Porque es un nombre fuerte, corto y preciso. Como tú.
- ¿Soy corta y precisa?
- Algo así, creo que más bien eres fuerte, fuerte y valiente. ¿Y yo de qué nombre tengo cara?
- Margot.
- ¿Margot? Me gusta, me gusta mucho.
- Y te queda bien.
- Desde hoy seré Margot y tú serás Gisèle.
- No sé a qué va esta idea tuya, pero pareces tan decidida, que no me queda otra opción que aceptarlo.
- Vamos, Gisèle es un buen nombre, se parece a ti.
- Bueno mujer, bueno.

Ella y ella sonríen. Margot busca algo de hielo en la nevera, le gusta el agua fría, como si se tratase de un concurso de resistencia. Gisèle se aferra a la ventana, lleva varios minutos en silencio, absorta incluso de los transeúntes y los vehículos que cruzan la calle. Margot bebe agua, se siente bien, por fin se siente bien. Gisèle recuerda que ha pasado horas sin fumar un cigarro y siente que le falta, que para hablar algo importante es necesario fumar un poco. Gisèle hoy no delineó sus ojos ni amarró su cabello con una cola de caballo, transita descalza, con pudor, como quien marca el paso, lentamente para no equivocarse. Afuera todo parece ir veloz, a pesar de no haber mucha bulla, afuera de la casa pareciera que todo es más veloz. Margot se acerca a Gisèle y la abraza.
 

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